El viejo del pueblo.

Me llamo Pádraig, que para los que no sepáis gaélico se pronuncia Porric y en español significa Patricio. Soy chileno pero mi padre decía tener antepasados irlandeses, así que acabé con un nombre que nadie es capaz de pronunciar. También soy científico y ateo, pero la vida me ha hecho pasar por cosas que me han hecho dudar de mi seguridad en la forma en que veo y comprendo el mundo. He vivido cosas que me han hecho vislumbrar una conexión con la Tierra que la ciencia no es capaz de explicar, como la historia de ese viejo que conocí hace ya muchos años atrás.

Fue una época dura para mi. Era profesor de universidad y miembro del Partido Socialista de Chile con puesto de responsabilidad cuando fue el golpe militar ese fatídico 11 de septiembre del 73. Por una semanas logré escapar la persecución de las fuerzas armadas chilenas, pero finalmente dieron conmigo cuando volví a casa a ver a mi familia y un vecino se chivó. Pasé muchas semanas de palizas, torturas y cárceles secretas, que no voy a contar ahora ya que quiero centrarme en la parte positiva de la historia.

Estuve prisionero en las bodegas de un barco mercante llamado Lebu en el puerto de Valparaíso, preguntándome que sería lo próximo que me podía ocurrir. Había muchos en esas bodegas. Personas de todo tipo, desde profesores universitarios como yo a humildes albañiles que no habían hecho mas que trabajar toda su vida y soñado con un mundo mejor con el gobierno socialista de Salvador Allende. Todos eramos hombres. A las mujeres las tenían en otra parte del barco también siendo torturadas, violadas o asesinadas. Ya todos sabíamos lo poco que valía la vida humana y estábamos recién empezando a comprender el alcance de la terrible represión que estaba sufriendo el pueblo chileno a manos de sus gloriosas fuerzas armadas. Pero también sabíamos que no todos eran iguales. Desde la bodega podíamos oír los pasos de los guardias en cubierta haciendo su ronda. De vez en cuando el sonido de los pasos paraba y desde arriba caía un paquete de cigarrillos o un paquete con comida. Cuando nos dábamos cuenta, los pasos ya se alejaban. Nunca supe quien o quienes eran los que nos dejaban esos pequeños regalos que para mi, más importante que la comida o los cigarrillos que se compartían entre los fumadores, era la esperanza que creaba esa pequeña muestra de comprensión y empatía por parte de un desconocido.

Prisioneros políticos

en las bodegas del Lebu

Una noche a finales de noviembre un oficial de la marina nos grito: “Los siguientes prisioneros suban a cubierta con todas sus cosas”. Se puso a leer una lista de nombres entre los cuales estaba yo. Subí con varias personas más a la cubierta del Lebu. Nos dieron instrucciones de subir a un autobús que nos llevó a otra parte del puerto donde llegamos unas sesenta y ocho personas de diferentes lugares. Después nos hicieron subir a una barcaza sin saber a donde nos llevaban. En el grupo de detenidos también había unos doce marinos enjuiciados que encabezaba el sargento Cárdenas. Estos eran marinos que supieron con meses de antelación que se estaba organizando el golpe de estado y trataron de avisar al gobierno o dirigentes políticos, pero nadie les hizo caso y fueron detenidos, torturados y encarcelados antes de que ocurriera el levantamiento militar contra el gobierno.

Después de zarpar y ya todos en la bodega del barco, me empecé a preocupar de lo que nos harían así que me acerqué a uno de los marinos y le dije:
“Me da la impresión que nos van a llevar a alta mar y nos van a fondear”.
“No, no se preocupe.” Me respondió. “Esta barcaza va bordeando el mar a lo largo de la costa.”.
Le miré no muy seguro de la respuesta. “Como sabe usted eso. Si no vemos nada.”.
Me miró con la misma cara que se mira a un niño y me dijo; “Por el movimiento del barco. Cuando el barco sale a alta mar oscila de popa y proa. Cuando va bordeando la costa oscila de babor a estribor. Nos llevan al norte, cerca de Iquique o Antofagasta donde hay campos de concentración.”. Efectivamente eso fue lo que ocurrió. Después de unos días navegando llegamos al puerto de Antofagasta donde desembarcamos rodeados de altas medidas de seguridad. Allí nos esperaban autobuses que nos trasladaron a mas de cien kilómetros de distancia hasta la antigua oficina salitrera de Chacabuco. Un antiguo pueblo minero en el desierto de Atacama convertido en el campo de concentración más grande de la dictadura.

Oficina Salitrera de Chacabuco

En este antiguo pueblo llegaron a estar más de mil doscientas personas. Los presos vivían en casas de adobe que estaban en filas de diez edificios. En cada casa cabían seis personas que dormían en literas. Estaba controlado por el ejercito, fuerza aérea y carabineros de la policía y todo rodeado de alambradas y minas. Pero la gente rápidamente se organizó para poder tener cubiertas las necesidades básicas, entretenimiento, reglas de comportamiento y un atisbo de ley del cual se encargaban los hombres más mayores.

Yo me acerque a los intelectuales, profesores, médicos, ingenieros y traté de hacer una vida lo mas normal que se podía dadas las circunstancias. Pasaba los días y semanas charlando con compañeros y leyendo lo que caía en mis manos. Un día Jorge, un compañero que era profesor de botánica se le ocurrió hacer una huerta utilizando las semillas que podíamos juntar de algunos de los productos frescos que llegaban. Buscamos un sitio y al final encontramos un área en el centro del pueblo donde había un área coronada con un árbol seco, pero donde la tierra parecía de mejor calidad. La idea gustó al resto ya que aparte de poder tener productos frescos, era bueno para la moral. Pero nos encontramos con un problema muy normal en cualquier desierto. No teníamos agua y la que había justo llegaba para el consumo humano. Pero lo bueno de estar con ingenieros y profesores es que se fijan en cosas que mucha gente no da importancia. Como que durante la noche baja muchísimo la temperatura y el poco agua que hay en la atmósfera del desierto más seco del mundo, baja al suelo creando una fina niebla que en el momento en que sale el sol desaparece rápidamente. Así que decidimos capturar esa niebla.

Entre todos juntamos bolsas y trozos de plásticos y creamos una cubierta, que pusimos a unos centímetros del suelo sobre unos palos. Por la noche con el frio se creaba la fina niebla, pero cuando empezaba a subir la temperatura, en vez de evaporarse se pegaba al plástico, se condensaba y pequeñas gotas de agua se creaban que rodaban bajo el plástico y caían al suelo humediciendolo. Cuando vimos que el experimento funcionaba, pusimos las primeras plantas de tomate que habíamos logrado germinar en los sitios donde caían las gotas todas las mañanas. El plástico protegía las plantas durante la noche y la humedad del suelo duraba lo suficiente por el día para que las plantas empezaran a crecer. El experimento fue todo un éxito y con la ayuda de mas compañeros pudimos crear una buena huerta que rodeaba el tronco del viejo árbol que alguna vez dio sombra en la plaza del pueblo a los mineros que sacaban el salitre para enviarlo a todas partes del mundo. “Nitrato de Chile” decían los carteles. Algunos que todavía se pueden ver tan lejos como España.

Una mañana temprano Jorge irrumpió en la pequeña casa todo nervioso y excitado. Nos dijo que debíamos levantarnos e ir a la huerta y salió corriendo. Nos nos dijo nada más, así que me vestí a todo correr y me fui con algunos más a ver que pasaba en la huerta. Al llegar no vi nada especial. Todo estaba bien e igual que el día anterior. Después de un rato llegó Jorge con más compañeros algunos con cara de sueño. “¿Que pasa Jorge?”. Le pregunté. “No veo nada.”. Jorge me miró y a todos nos dijo; “No miren hacia abajo. ¡Miren hacia arriba!”. Todos levantamos la mirada y sorprendidos vimos que al viejo árbol le estaban saliendo hojas. Por un buen rato y en silencio todos observamos como el viejo del pueblo volvía a la vida. En un momento ese árbol se ganó el cariño, admiración y respeto de todos los que estábamos allí. Durante el día se corrió la voz por el pueblo prisión y un sin parar de hombres que parecían en procesión fueron a visitar y admirar la vuelta a la vida del viejo árbol.

De allí en adelante seguimos cuidando la huerta regándola con el agua que juntábamos al capturar la tenue niebla del desierto, pero nuestro tiempo y cariño fue hacia el viejo del pueblo. Ese árbol que contra todo lo que le había echado la vida, había sobrevivido y gracias a unas pequeñas gotas de agua había nuevamente sacado algunas hojas a la luz del sol. De nuestra ración de agua casi todos guardábamos un poco y durante la mañana, antes que el sol calentara la tierra, la echábamos alrededor del árbol. Cada vez tenía mas hojas y se convirtió en un árbol frondoso que nos ayudaba a proteger la huerta del sol del mediodía.

Era ya casi finales de marzo y un día vi al oficial de la marina hablando disgustado con el responsable del campo de concentración que era un capitán del ejercito de tierra. Este se giró de pronto y se fue dirección al edificio donde tenia su oficina. El oficial de la marina se quedó de pie junto al árbol como dudando. De pronto ocurrió otra cosa extraordinaria, que inclusive sacó al oficial de sus pensamientos y le hizo girarse hacia el árbol. Había un pequeño pájaro cantando entre las ramas. Poco a poco el ruido del ajetreo diario se detuvo y solo se podía oír el hermoso canto de esa ave que no debería estar en el medio del desierto de Atacama. El más seco y sin vida del mundo, pero allí estaba. Cantando como si todo estuviera perfectamente sin ningún problema en el mundo. Casi agradeciendo a todos por ayudar al viejo del pueblo.

Al día siguiente nos informaron que la marina había decidido sacar del campo de concentración de Chacabuco a todos sus prisioneros de entre los cuales me encontraba yo. Un día más tarde llegó un avión que me llevó junto a los otro sesenta y siete prisioneros de vuelta a Valparaiso. En el vuelo supimos que el oficial de la marina se había enterado de que la tristemente famosa caravana de la muerte del general del ejercito de tierra y gran hijo de puta, Arellano Stark, llegaría desde Santiago al campo de concentración después de pasar por las ciudades y pueblos más importantes con ordenes de Pinochet de detener a los cabecillas más destacados de la Unidad Popular de Allende y asesinarles. Cosa que también hizo sin dudar cuando llegó a Chacabuco dos días más tarde. Ese oficial de marina al sacar de allí a sus sesenta y ocho prisioneros me salvó la vida por algo muy castrense como el honor. Él era un caballero y no dejaría que un psicópata ignorante y sin honor como el general Arellano Stark asesinara a ninguno de sus prisioneros.

Nunca lo sabré, pero cuando después de muchos años me acuerdo de esos momentos, pienso que a lo mejor ese “honor” salió a relucir en la mente de ese oficial de marina, después de ver un árbol que debería estar muerto y un pájaro cantar alegremente que no debería estar en ese sitio tan alejado e inhóspito. La vida de pronto, tuvo valor.

¿Casualidad? De joven pensaba que sí. Ahora no estoy tan seguro y cada año estoy más convencido que realmente fue ese árbol, el viejo del pueblo el que me salvó la vida.

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Comentarios

6 Comentarios

  1. Ma. del Carmen Herrera García

    ” … quiero centrarme en la parte positiva de a historia.”

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  2. Gloria

    Que triste, pero a la vez motivadora historia, de que a pesar de todo… siempre algo bueno puede nacer o renacer de lo malo…

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  3. Santi Hdez

    Wuau…!!!
    Me dejas sin palabras.

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  4. Anónimo

    En la vida suceden cosas extraordinarias.

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  5. Kika

    Impresionante Alejandro! Felicidades por este relato lleno de VERDAD Y ESPERANZA.Un Abrazo

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  6. Toño

    Muy bueno Alejandro… Me imagino que que todos nos sentimos ” el viejo del pueblo en algún momento” y también creó que todos deberíamos ser ” gota ” que ayuda a que vuelva a florecer.

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